Luis se había ganado a pulso el título de abuelo cascarrabias y puñetero. Sin duda en el trabajo, que ahora abandonaba con la jubilación después de 48 años bregando con todo tipo de incidencias y situaciones. Apodado el Pegas por parte de los compañeros y de los proveedores del almacén de frutos secos donde trabajó desde los 16 años, sin faltar un solo día por enfermedad.
En el barrio tampoco tenía demasiados adeptos, sobre todo entre los dueños de bares y kiosqueros, pues siempre andaba poniéndoles los puntos sobre las ies sobre la forma de conservar y presentar los frutos secos, que según él si no se hacía correctamente perdían sus valiosos nutrientes y propiedades
Cuarenta y ocho años bregando con almendras, avellanas, nueces, pistachos y anacardos, tanto envasados como a granel, le habían convertido en experto, a lo que añadía su carácter minucioso, concienzudo y serio, propio de quien se toma su trabajo en serio, tratando de ofrecer lo mejor y en las mejores condiciones
A los más jóvenes del almacén, y a la multitud de trasportistas que cada día llegaban con cargamentos de suministro, siempre estaba amonestándoles por la forma de manipular los productos, pues según él trataban cualquier género como si todos fuesen garbanzos, sin distinguir las cualidades y propiedades de cada uno y las condiciones óptimas para su mantenimiento.
Vivía muy mal la forma como lo consideraban, el apodo con el que se dirigían a él, sin ningún respeto y con demasiado cachondeo, y la falta de compromiso que requería el trabajo de calidad en que andaban, obligatorio y necesario para las materias con las que trabajaban.
Llevaba con resignación y tristeza la forma como le trataban y le parecía muy injusto la fama que le habían granjeado entre unos y otros de huraño y puntilloso, de tal forma que en los últimos años cada vez se fue mostrando más retraído y solitario.
La despedida por su jubilación tuvo detalles de cariño, particularmente del lado de los dueños del negocio que reconocían su valía y dedicación, pero de los compañeros recibió tantas chanzas, chungas, bromas y choteos que costaba distinguir los minúsculos síntomas de aprecio que por aquí o por allá apuntaron tímidamente.
La disposición de tiempo libre de la jubilación, como nunca había disfrutado, ni imaginado siquiera, le despertó ganas de hacer otras cosas nuevas que nunca había considerado. Entre otras, comenzó por aprender a pintar con acuarela y a elaborar cuadros de los rincones del barrio en donde se juntaban gentes para charlar. Unos con sus perros, otros, más mayores, a contarse batallas de juventud. Los jóvenes arremolinados sobre algún banco, formando corros, formando follón con risotadas de todos los tonos.
Cayó en la cuenta de que tenía dos nietos y una nieta, con los que apenas había tenido contacto salvo en comidas familiares o alguna festividad y decidió empezar a recopilar cuentos apropiados para las edades de cada uno de ellos; con cinco, seis y nueve años. Le pareció que también podría ir escribiendo otros de su puño y letra, para salirse de los trillados cuentos infantiles más populares y sorprenderles contándoselos cuando se encontrasen en casa los domingos y festivos.
Tanto la pintura como hacer de cuentacuentos se le daba cada día mejor y pronto su empeño traspaso el ámbito familiar, contando cuentos en el Centro de Día para mayores del barrio. Todos los martes y jueves durante una hora cada día.
Por la publicidad del boca a boca, que los abuelos y abuelas propagaron con los familiares y estos con sus amistades, hijos y vecinos, no tardó en comenzar a llegarle peticiones para contar cuentos. La primera petición fue de la guardería del barrio y después, por mediación de una pediatra del Centro de Salud, empezó a contarlos los sábados por la mañana en un hospital infantil cercano.
Apenas habían pasado tres años de su jubilación y el reconocimiento del barrio se materializó en un homenaje sorpresa en unos salones del Ayuntamiento que se utilizaban para actividades culturales y cursillos sobre artesanías diversas.
Cuando Luis distinguió entre los congregados a casi una docena de antiguos compañeros de trabajo, que tenían padres o hijos entre el entregado público al que contaba sus cuentos, terminó por llorar a moco tendido.