Era una persona muy buena, siempre atenta a las necesidades de los demás, ayudando siempre que hacía falta y si había que olvidarse de uno mismo, ahí estaba él. El más bueno. Benigno se llamaba.

En las festividades familiares ahí estaba el primero, colocando mesas y sillas como el que más. Se encargaba de las compras y estaba al frente de los fogones el tiempo que hiciera falta. Tampoco se escaqueaba al término de los banquetes, que es de lo que más gente se escapa. En muchos casos porque algunos, con todo lo trasegado, bastante tarea tenían con poder llegar a su casa y comprobar que esa era realmente su casa. Tampoco faltan los con prisas porque han dejado los niños con la canguro y otros porque le echan mucha cara.

En abril ahí estaba puntual y servicial, haciendo la declaración de hacienda a todo el mundo que se lo pedía, que no eran pocos.

Si había entierros era el primero que se presenta voluntario para representar a la familia e ir al sepelio se celebrase donde se celebrase. Siempre comentando lo mismo –No es que sea plato de buen gusto, estando a 400 kilómetros, pero si hay que ir se va—

En este momento, en que su hija única cumpliría la mayoría de edad, había decidido tirar la casa por la ventana para mostrarle al mundo entero su inmenso amor por ella. Llevaba ahorrando dos años en secreto para regalarle una gran fiesta, con cerca de ochenta amigos y familiares, en la que además de comida no faltarían regalos, una orquesta y fuegos artificiales. Estaba pleno y feliz pensando en que todos vieran lo contento y orgulloso que estaba con su hija, ya mayor de edad. Una chica que todos admiraban desde pequeña por sus buenas notas en los estudios, lo cariñosa que era, y la bondad que mostró desde los catorce años con sus voluntariados en el hospital infantil de la ciudad.

            Alba cumplía 18 años y estaba dispuesta a soportar el ultimo cumpleaños en casa de su padre. Dejaría que él montase la celebración como tantos años, a su gusto. Esta vez ni se molestaría en sugerir nada, no sólo porque sabía que él la daría mil argumentos para desechar la idea, que a buen seguro no casaba con sus planes, sino porque en realidad había llegado al convencimiento de que no le interesaba sugerir nada.

Era un ritual que nada tenía que ver con su forma de ver las cosas en estos momentos. Para ella era sólo un momento más del año en el que su padre montaba un teatrillo con el que embelesar a familiares y amigos. Un acto con el que alimentar y mantener el estatus de hombre generoso y bueno, que lo daba todo por los demás. Ocasión con la que propiciar el escenario en donde recoger aplausos y felicitaciones por montar tan fastuoso acontecimiento.

Eran dieciocho años con la misma canción. En casa, el mundo era otro bien distinto del que su padre dibujaba cada vez que se abría el telón para sus representaciones con público ajeno. En casa primaba la seriedad, los dictados e interdicciones. En el fondo la negación de los otros, la desconfirmación, puesto que en casa solo contaba lo que hacía y decía él.

Dejaría que diese la última función, pero su celebración era otra e iba en paralelo. Visionaba una y otra vez la compra del billete para el viaje a Australia a la mañana siguiente. Veía a cámara lenta, una y otra vez, cada movimiento y el gozo que le acompañaba, colocando su ropa en las maletas que aguardaban sobre el altillo de su cuarto y su ensoñación terminaba viéndose una y otra vez, despidiendo a su padre al día siguiente al marcharse al trabajo, para a continuación salir con sus maletas a la otra punta del mundo, con una vida nueva y libre por vivir.

La fiesta se celebró en un estupendo centro hípico de la capital, con salones abiertos a un inmenso jardín lleno de fuentes y pérgolas, por donde se podía deambular disfrutando de olores primaverales e inundando la vista con imágenes de plantas, flores y también patos, más algún pavo real pavoneándose con su majestuoso plumaje, sin faltar al fondo potros trotando como corresponde en una hípica.

Benigno, cogido del brazo de Alba, no paraba de ir de un corrillo a otro, recibiendo la enhorabuena por la magnífica fiesta, todos alegrándose de estar allí acompañando en fecha tan señalada. En bastantes casos felicitando a Alba por su cumpleaños, y tanto más por tener ese padre tan bueno.

Antes del último brindis, Benigno pasó a anunciar a todos y a su propia hija, pues había cuidado que nadie lo supiera antes, el regalo de tan señalado cumpleaños: Había matriculado a Alba en la autoescuela del barrio para obtener el carnet de conducir y le había encargado un Civic color cereza, para que desde ahora pudiera ir por su cuenta a donde quisiera.

El apoteósico final, con cohetería de todas las formas y colores, sin faltar la traca que cerraba el evento, fue todo un éxito, tal como había imaginado Benigno los dos años que estuvo pensando en la fiesta. Estaba muy contento.

Alba no cabía de gozo, aunque intentase mostrarlo con moderación para ser buena por última vez.