Cumplir cincuenta años y que te despidan de la empresa en la que trabajaste los últimos 26 no sienta nada bien. Os lo aseguro. Desaparecen los sueños y el sueño.

Tampoco es que mis sueños fuesen de tirar cohetes, pues había ido rebajando expectativas, pero sueños eran. Viajar un poco en las vacaciones, siempre en otoño, obligadas, pero que cada vez me gustaban más porque era cuando todo se calmaba un poco de los veranos frenéticos y amontonados en que el turismo masivo los había convertido.

Comprar coche nuevo cada diez años para matar el gusanillo de conducir, disfrutar de algunas comidas con amigos y familia, y poco más.

Los meses pasaban y el trabajo no llamaba a la puerta. Quien llamó fue Antonio, leones de la montaña, gran amigo desde que nos conocimos en Burgos haciendo la mili. ¡¡Lo pasamos bien en la Compañía Regional de Automovilismo aquellos catorce meses!!

–¿Cómo vas Javierín? Vengo a ofrecerte algo más que trabajo. En realidad, una aventura que tienes aplazada 30 años y que ahora que andas sin faena te vendrá bien. En ocho días te sacas dos mil cuatrocientos euros con cama y comida pagadas. ¡Y te vas a quedar más ancho que largo!

–Pues me dirás en que consiste ese chollo. Pero ya te digo que me apunto.

— Bien, pues como sé que confías ahora no te cuento nada más. El martes paso a recogerte, prepara la maleta para esos días. Ropa y calzado para andar cómodo y la documentación junto con el carnet de conducir.

El martes allí estuvo y yo preparado con mi maleta me subí al coche como si fuésemos a tomar unas cañas, como tantas veces, sólo que esta vez con maleta.

–Pues ya me dirás de que aventura se trata, que para eso estamos ya en marcha

–¿Recuerdas en la Regional, cuando aquellas nevadas tipo Filomena de primeros de 1979, cuando anduvimos con los camiones y la tropa hasta Pancorbo, para despejar la A1 a base de pala?

–Sí, claro que recuerdo, pero ¿qué tiene que ver Pancorbo si me estás llevando por la A2?

–Lo que refiero es lo que tu decías de aquello, de subir de Burgos a Pancorbo para quitar nieve a paladas. Que era una putada y no la aventura que tú soñabas de conducir camiones por Europa, con buena música y con la deliciosa soledad de la carretera.

–¡¡Sí, sí. ¡Esa experiencia quedó pendiente!! El pequeño consuelo de conducir tu camión algún viaje a Cáceres cuando tienes mucho curro. ¡¡Vaya tela!!

–¡¡Pues a eso vamos chaval!! ¡¡Que te vas a realizar, por fin!!

–Déjate de coñas y dime donde vamos en coche.

–Vamos a Cornellá de Llobregat

–Ya. ¿Y que se nos ha perdido allí durante los próximos ocho días?

–Allí nos esperan dos camiones MAN, de cinco ejes cada uno, igualitos. El que ya conoces y un hermano, recién comprado, que empezarán a hacerse compañía en su primer viaje juntos, a partir de las 5 h mañana mismo.

–¡¡No me jodas!! Vamos de estreno y sin decir nada. Eres de lo que no hay.

–¡¡De estreno voy yo!! tu conducirás el viejo que ya os conocéis. Vamos a la fabrica de Ferrero Roche, que es donde esta tarde estarán cargándoles hasta los topes.

–¡¡No me jodas que vamos de viaje ocho días con esos dos monstruos cargados de bombones!!

–¡¡Como te lo cuento tronco!!

–¿Y vamos a viajar ocho días?

–Tres y pico de ida y otros tantos de vuelta. Un garbeo de 5000 km. Que a buen seguro te arreglan el cuerpo y te quitan esa cara de escocio que llevas los últimos meses.

–Me estás mosqueando con tanto misterio. Dime de una vez a dónde y para qué vamos.

–¡¡ Tío, vamos a inundar de bombones Sofía, capital de Bulgaria!!

–¡¡No me jodas!!

–¡¡Ya te digo, colega!!

Estábamos a las puertas de Cornella y empecé a sentir el cosquilleo de cuando me acerco a un camión para conducirlo. Antonio quería ver que se completaba la carga, recoger la documentación y programar el viaje en los ordenadores de ambos camiones.

Lo de la programación no me sonaba bien y le pregunté a que leche de programación se refería.

–¡Chaval, que lo más lejos que has ido con un camión ha sido de Madrid a Cáceres! ¡Mañana debutas en Europa y eso es otra liga!

–¡Explícate señor experto!

–Vamos a programar la ruta y las paradas obligadas, para comer, repostar y dormir, repostar. En parte por repartir el kilometraje y también por cumplir las reglas que rigen saliendo de España. Se puede conducir nueve horas diarias, en tramos máximos de cuatro y media. Con un máximo de 56 semanales

–¿Y hay que ponerse a calcular los tramos para todo el viaje?

–¡Majete! siete días conduciendo sin vacaciones no es como bajar a Extremadura e ir parándote cuando te parece que tienes hambre o ganas de mear. Te pillan los guardias por ahí, fuera de horario o con más horas de conducción, y te cae la del pulpo: falta grave o muy grave y multas entre mil y dos mil euros.

–No sé, no sé yo si este panorama tiene mucha aventura.

Llegamos a la fábrica y fuimos para los muelles de embarque, que ocupaban todo un lateral del edificio. Al menos conté once camiones y otros tantos huecos, con un trajín de carretillas llevando pallets cargados con cajas de bombones que mareaba.

Nuestros camiones casi estaban repletos. Era una visión pantagruélica ver como rellenaban de bombones aquellos veinticuatro metros cúbicos en cada camión. Yo quedé allí alelado, viendo como terminaban la tarea, cerraban y sellaban los camiones, mientras Antonio venía con la documentación.

Se aparcaron los camiones en la campa contigua y se pasó a la programación: Salida a las 7 h. para llegar a comer en Marsella. Dos horas de descanso y partida hasta Arenzano, en Italia. Al día siguiente misma hora de salida para comer en Udine, poco antes de atravesar Eslovenia, para llegar a dormir en Zagreb en Croacia. Y al fin partida a la misma hora para comer en Belgrado, Servía, y llegar a cenar en Sofía, Bulgaria, si todo salía bien sin contratiempos.

Y después programar a la inversa el regreso. Pero de esas yo ya no ponía atención porque la cabeza se me había ido lejos, a otro tipo de viaje, tal y como lo pensaba cuando estábamos en la Regional treinta años atrás.

Antonio se percató de que allí sólo estaba mi cuerpo, de cuerpo presente podía decirse, pero que el espíritu andaba volando y tampoco le costó demasiado imaginar lo que estaba ocurriendo. Me dio en el hombro y viendo que volvía de mis ensoñaciones me dedicó una estupenda sonrisa y pasó a contarme algo que sabía podía cambiarme el semblante.

–Y ahora te cuento las cuatro cenas que te he programado de ida, que, aunque sean programadas, te vas a chupar los dedos. Y pon atención y otra cara que empiezo por la de esta noche, aquí en Cornella al lado del hotel. A las siete y media que a las once hay que estar encamados para levantar a las seis.

El sitio es una especie de masía típica: El Brot de L` All i Oli. Y conociendo tus gustos culinarios, mejor que tú mismo, pediremos dos entrantes que espabilan el ánimo: Unos caracoles a la llauna y camembert a la brasa con pan de frutos secos. Después, obligado, unos huevos camperos con jamón de bellota y foi que quitan el hipo y de postre una crema catalana casera como no has probado en tu vida.

De las otras cenas sólo te diré que van de pasta, para que cualquier sinsabor del día se te pase: En Arenzano comeremos una pasta con marisco en el Papupaio, En Zagreb pasta al estilo croata en el Bistro Bêstija y en Sofía estilo italiano a tope en el Olio D´Oliva.

La cena en aquella especie de masía fue estupenda y tenía que haber dejado todo bien colocado en la cabeza, pero el sueño revelo con crudeza que había cosas sueltas y descolocadas. El camión andaba sólo y no podía improvisar ni parar donde el paisaje invitaba, ni tomar café donde apetecía…El amado camión MAN se había trasmutado en un Transformers rodante que sólo atendía al programa y al control de crucero guiado por GPS.

Me despertó la alerta del móvil y casi viendo aun como el MAN devoraba kilómetros sin tener en cuenta mis pensamientos y necesidades, me atice una ducha fría que me situó de nuevo en el mapa. Empecé a reír, cada vez más fuerte, a carcajadas, bajo aquella vivificante agua helada, porque había encontrado un pequeño hueco, aunque fuera digital, para darle al viaje algo del romanticismo y espíritu heroico que tuvieron en mi juventud los sueños con este tipo de viajes.

Contaba con Spotify y podría escuchar la música que cada tramo y paisaje de carretera pidiese:  Bob Dylan para pensar en cómo estaba el mundo o por si surgía alguna puesta de sol entre anaranjada y dorada; Police para darle marcha en carreteras con puertos y muchas pendientes; Johnny Cash y su buen Country para trayectos llanos necesitados de ritmo alegre. Y buenas bandas sonoras de pelis como la de Paris, Texas para momentos en los que no se tenga el mejor humor y lo que mejor suene sea On My Mood. Y tener a mano la de Blade Runner para esos momentos en que se pregunta uno en ruta por qué ha de morir y ha de perderse para siempre todo lo que ha visto y vivido.

Siempre hay posibilidades.