Madrid era inaccesible. Estaba prácticamente sitiada. La habían rodeado los tractores de agricultores y ganaderos cansados de rellenar formularios para recibir las subvenciones con las que Europa tapaba la estafa de fondo: pagar poco los productos en origen, venderlos caros al consumidor, consumido por esos precios, y que quedaran en la oscuridad e impunidad las enormes plusvalías que se repartían los intermediarios. Una modalidad a lo grande, bien refinada, del eufemismo colaboración público-privada.

La situación asustó a los madrileños y evitaron escapar de fin de semana, por el temor imaginario a hoces, palas, horcas y otros aperos que se les ocurrían llevarían los amotinados, de mucho más peligro que cuando se anunciaban grandes nevadas y nadie quedaba quieto.

Este desastre fue una bendición para quienes habitaban fuera del sitio madrileño, pues pudieron visitar alojamientos rurales, monasterios, parajes únicos o paradores, sin tener que reservar con dos meses de antelación al faltar la marabunta madrileña habitual.

Así fue como Rosa y Ángel terminaron charlando, sin tropel de domingueros, al calor y luz del fuego de aquella enorme chimenea en el Salón de Ponentes, sin ponentes ni otros inconvenientes.

El encuentro fue tan casual y tan fructífero como los de película, de las que terminan bien. De esos encuentros en que se da uno cuenta que lo que más alimenta son las palabras dichas con gusto y confianza.

Resultaba que los dos estuvieron enganchados al turismo de paradores un tiempo, de cuando reservar alojamiento no requería más de una semana de adelanto. ¡Tiempos gloriosos para quienes los podían visitar! El de Gredos no sólo fue el primero de todos, allá por 1929, sino que también fuel el primero que ambos conocieron. Contundente, sencillo, austero y acogedor, a tono con el paisaje granítico en que está situado.

El encuentro fue después de cenar, coincidiendo en aquel salón habitualmente repleto de cursillistas o negociantes haciendo acuerdos de cualquier cosa. Ahora tranquilo y silencioso, donde apenas se escuchaba algún pequeño chasquido de la leña ardiendo suavemente en la chimenea.

La conversación surgió natural, como ritual de cortesía de dos que se encuentran y saludan educadamente, y fue derivando en conversación cálida y risueña sobre los recuerdos que se tenían del establecimiento, desde la primera visita y las sucesivas, durante treinta años, en las que el único cambio apreciable, en cierta forma lamentado por ambos, había sido el del mobiliario. Antes el Parador eran tres elementos: granito, madera y cuero y ahora el cuero, por mor de los tiempos, había sido sustituido por tejidos suaves en el guarnecido de sillones y sofás.

Después de conseguir un par de gin-tonic la conversación verso fluida y prolija sobre sus vidas: profesiones; familias y lugares de origen; relaciones tenidas en pareja y con amistades y de cómo 

todo sigue, al fin, la segunda ley de la termodinámica. También hablaron sobre motivaciones de la madurez, panorama político y social en el que preveían la continuidad de sus vidas, sus intereses vitales y practicas actuales considerando aprendizajes y desaprendizajes, experiencias y el contexto, para concluir que las vidas discurren como guiones literarios o de cine que nadie sabe quién ha escrito. De esa última deriva salieron un montón de títulos de libros y películas que cada cual había disfrutado.

Las tres de la madrugada, con apenas unas brasas en la chimenea y agotados los efectos euforizantes de los gin-tonic, estaban dando paso al cansancio y a la hora para retirarse, aunque se hacía evidente que costaba por ambas partes decir el adiós.

Rosa sugirió que como ambos habitaban en la sierra madrileña y a veces bajaban a Madrid a ver cine, alguna película podría enlazar con algo de lo hablado en ese estupendo rato y podría dar pie a verla juntos y seguir conversando, porque ya no daban mucho más de sí del sueño y ambos querían salir pronto de mañana.

Ángel aplaudió ambas ideas: irse a dormir y ver una película. Sugirió como opción que, en la Cineteca, sitio de tantas reposiciones de clásicos, inauguraban en 10 días un ciclo dedicado a clásicos modernos, con la película Corazón Rebelde, donde se iba contando la vida de alti-bajos de un músico del western, con excelente música Country, premiada con dos Oscar; al mejor actor (Jeff Bridges) y mejor canción original.

A Rosa le pareció bien la sugerencia y planteó que se vieran allí media hora antes, si para entonces seguían siendo del mismo parecer, sin ningún compromiso, pues en todo caso nadie ni nada iban a borrar la noche estupenda en Gredos. Así quedaron

Nunca supieron si el otro decidió otra cosa o realmente habría llegado a la cita, porque cada uno, por motivos distintos, no pudo ir. Cada cual solo podía quedar con el consuelo de que lo intentó con todas sus ganas, pero no pudo conseguirlo.