Cualquier siglo vale

Carmen se lo había dicho muchas veces: _Tú tenías que haber nacido en otro siglo­_ Aunque nunca remataba, según él, en qué siglo hubiese funcionado mejor.

Como buen escéptico, Martín también dudaba de que el XXI fuese un buen siglo. Veía que se trataba, cada día más, de un siglo comercial y poco más. Se compraba y vendía todo en un zoco infinito, incluyendo cuestiones clave como la libertad, la moral, las ideologías o la verdad. Todo pasaba por la trituradora de la publicidad y el márquetin. La vida política se había desprendido de toda épica, sin más estrategia que la venta día a día de lo que más gracia hiciese a los electores, pues se trataba de eso, de entretenerlos e ilusionarlos.

No era sólo cómo funcionaban los grandes asuntos del país o del mundo, en lo cotidiano ocurría otro tanto: En el comercio, en la restauración, en los servicios. En el trabajo y en lo social habían desaparecido algunos valores, como el de que quien se esforzaba terminaba recogiendo buenos frutos o el de que quien sabía hacer su trabajo tendría un puesto para siempre.

Se pregonaba por todos los medios que la imaginación y la creatividad era el nuevo y sagrado valor añadido a recompensar, pero se comprobaba en las propias carnes el precio de ser original si se tenían ideas, soluciones o propuestas que fuesen más allá de lo que se hubiese señalado por la autoridad de turno que debía ser objeto de creatividad e innovación.

No soportar las relaciones jerárquicas, fundadas en la negación del otro, tampoco le ayudaba. Casi nunca tuvo problemas con los subordinados, algunos con los iguales y todos los posibles con los jefes

Martín, pasada la mediana edad, había decidido poner en marcha una estrategia de retirada controlada. Dedicaría más energía a terrenos menos espinosos que los políticos o laborales en los que su mentalidad no tenía mucho espacio y menos porvenir.

Pensó en actividades de voluntariado y en volcar sus conocimientos y experiencia en practicar una cierta trasferencia de saberes, sin carácter comercial, con formatos de cursos, seminarios o desempeñando roles de asesor, mentor o similares. Su sorpresa fue mayúscula al constatar que esos productos no tenían mercado.

No sólo fue una sorpresa, fue una decepción y una herida profunda tanto para su identidad como para su proyección como ser.

Ser amante de Luisa era un remanso en el torbellino que todo se desarrollaba, pero después de seis años las expectativas y los deseos de ambos se estaban desajustando y no en la misma dirección

Todo estaba prendido por dos hilos: la amistad cultivada en esos años y la seguridad de una sexualidad siempre gozosa y sin cálculos que ambos veían como una gran pérdida si la relación tenía que terminar

Pero fue la salida inesperada e inevitable.

 

 

 

La relatividad iba tintando todo lo que abarcaba su percepción y su existir. Las aspiraciones y expectativas, los deseos de que las cosas fuesen de otra forma, la impenitente creencia en las personas, las cosas conseguidas y las pendientes.

Según iban pasando los años y contemplaba con cierta perspectiva y algo de sabiduría los inconvenientes, desacuerdos, aciertos y logros que habían poblado su universo, pensaba que la alternativa a vivir con líos, complicaciones, reveses y conquistas efímeras, no era una alternativa a despreciar sabiendo que la otra alternativa sería eterna. Cada vez le veía más punto a vivir lidiando con lo que se pusiera por delante. Sólo se trataba de buscarle las vueltas y sacarle partido, sin esperar recompensas ni que ocurriese lo que él quería.

Le quedaba pendiente la incógnita de cuál hubiese sido el siglo más acertado para nacer.

La sintonía ahora era perfecta y nos dábamos cuenta de que el prodigio sucedería en unos instantes, en segundos. El suspense se trasformó de pronto en una sensación algo angustiosa como si a nosotros mismos nos fuera la vida en el lance.
Era un día bien señalado: 21 de julio de 1969 y para nosotros quedaría como el día histórico en que el hombre pisaba la luna, aunque en realidad había llegado la madrugada anterior, pues se trataba de una narración en diferido, tecnicismo que nosotros no podíamos comprender con nuestros inocentes e ignorantes 15 años de antaño. Estaba ocurriendo en ese momento en que escuchábamos a Jesús Hermida en aquella radio a pilas de petaca.
Contentos, nos relajamos de tanta tensión y espera. Allí estaba con mi primo y sin poder resistir mucho más y sin comentar nada nos dormimos.