Desde su más tierna infancia las enseñanzas que le habrían de hacer un hombre hecho y derecho fueron entrándole sin aviso, para que al llegar a la mediana edad tuviese criterio y valor para enfrentar la vida con pie firme, con los pies en la tierra y la cabeza en su sitio. Le llamarón Prudencio

Contaba con la sabiduría popular de su padre. Su guía, su mentor y juez. El cual, siguiendo también los consejos de su padre, había logrado crecer hecho y derecho y así se había quedado. Se llamaba Salvador

Al cumplir nueve años Prudencio ya tenía entre ceja y ceja un pack teórico formidable. Justo cuando le llegaban de golpe el pensamiento abstracto, sus primeras ideas impuras, y la ambición de llegar a ser alguien. Hubo de echar mano de las enseñanzas paternas grabadas a fuego.

Para sujetar el borbotón de sugerencias que le proponía el pensamiento abstracto tomó en consideración aquello de: Más vale algo que nada, y en coherencia decidió que lo mejor era aprender lo que los maestros le señalaran, sin distracciones ni experimentos con gaseosa.

Sobre la gestión de las primeras ideas impuras fue tajante: A pan duro, diente agudo. Ni una sola debilidad. Diligencia y rotundidad para superar las cosas difíciles.

La ambición de conseguir metas no debía confundirse con cualquier materialismo ramplón. Estaba bien equipado para hacer frente a esta posible confusión: La abundancia crea vagancia y quién más tiene más quiere. Ante todo, sujetar cualquier prisa que le metieran sus ambiciones pues: no por correr mucho amanece más temprano. Sin olvidar aquello del que: Quiso pegar el salto y cayó en el charco.

Teniendo las ideas claras y precisas, como las tenía él, la cosa era mantenerse firme y tener bien presente: No dar el brazo a torcer. Sin olvidar que: Quien de los suyos se aleja, Dios le deja.

Con este valiosísimo zurrón de sentencias Prudencio se hecho a la mar en busca de su destino. Empezando por obtener el bachiller y al cumplir los dieciocho años sacar una oposición para Ministerios.

Trabajando con disciplina y siempre cumplidor con las normas de la autoridad, consiguió prosperar al tiempo que estudiaba Derecho por la Universidad a Distancia. Las cosas vinieron rodadas y a los veintiséis años era Asesor Técnico nivel 24, a los treinta y uno Consejero Técnico nivel 28 y al cumplir los treinta y cuatro le nombraron Consejero Técnico nivel 30. Su pericia resolviendo cualquier expediente le llevó al culmen de la carrera administrativa con solo cuarenta.

Con la llegada del nuevo Gobierno, el ministro, informado sobre su dedicación y cualidades, le nombró Director General. Reunió a los altos cargos y les planteó los cambios en el ministerio, los objetivos a conseguir y que su máxima aspiración era formar Equipo, lo que al término de seis meses debía ser una consecución unánime de todos ellos. Quería una cultura de trabajo eficaz y satisfactorio al tiempo que imaginativa, innovadora, colaborativa y que formase en conjunto un ecosistema sistémico generador de sinergias.

Pidió que cogiesen vacaciones entre julio y el 15 de agosto para empezar todos juntos, con ganas y descansados, la nueva andadura. Sugirió que descansaran sin darle vueltas al trabajo. Que leyesen algo que les evadiera, a tono con sus gustos literarios. Como ejemplo les comentó tres libros que él se había preparado: La dificultad de ser español junto a Cuaderno Amarillo y Adiós A Casi todo, los volúmenes 1º y 5º de los dietarios de Salvador Paniker.

Prudencio no tenía experiencia de emplear las vacaciones para distraerse o evadirse del trabajo, pero la propuesta le pareció obligada y al día siguiente ya había encontrado los volúmenes. No pudo resistir la tentación de darles una hojeada y sus ojos se clavaron en una sentencia de Paniker, tan entrenados como los tenía para captar estas figuras retóricas: Ahora que la vida dura entre ochenta y cien años, hay que dedicar la primera mitad a construirse un yo fuerte, para transitarla seguro, y después dedicarse a desmontarlo porque suele ser un corsé para la vida adulta.

Quedó perplejo.

Salió del shock porque le asaltó algo más peligroso y amenazante: lo que el ministro dijo que habrían de conseguir sobre el equipo en seis meses. En realidad, no alcanzaba a comprender lo que quiso decir ni cómo se podría lograr. No encontraba ni una sola recomendación paterna que le pudiera auxiliar. Ahora sabía en sus propias carnes el significado de un fundido a negro.    

Su Dirección General siguió igual de burocrática y jerárquica. La producción de decretos, reglamentos e Informes dependía sobre todo de las capacidades personales de Prudencio, que no eran pocas, pero sus técnicos fueron optando por tomar las de Villadiego. Actitud que constato, aunque sin alcanzar a comprender las razones.

Las razones se las explico cariñosamente el ministro: –Tengo la mayor consideración por usted; un funcionario responsable, diligente y resolutivo. Entiendo que un excelente Consejero Técnico que me gustaría tener a mi lado, si a usted le parece bien–. La maquinaria administrativa terminó otorgándole una plaza de nivel 28.

Prudencio no encajó el cambio. Empezó a pensar en la sentencia primera que leyó de Paniker, lo que le llevó a repasar cómo era su vida en el trabajo y más allá. Buscaba en sus entendederas, pero no encontraba sentencias paternas que le dieran luz. Le daba para pensar que su yo ahora era un corsé y se sentía como el caballero de la armadura oxidada, pero sin ver cuál debería ser su viaje iniciático ni cómo hacerlo. Empezó a deprimirse y con ello afectar su desempeño laboral.

Quiso la ventura, para su mal, que el ministro fuese cambiado de ministerio a mitad de legislatura y el nuevo trajo su equipo de colaboradores, asesores y consejeros, a los que hubo que ir haciéndoles hueco en la plantilla.

Prudencio fue relegado a una plaza de jefe de sección en los archivos del ministerio y allí todos le perdieron la pista para siempre. Recordó la frase que su padre atribuía a Napoleón, al que admiraba: ¿Queréis contar a vuestros amigos? Caed en el infortunio.

La sentencia de Paniker no dejaba de percutir en su mente y pensó que ahí estaban las claves: las sentencias y aforismos le guiarían en el viaje que ahora debía emprender, pero no podían ser las del padre. Tenía que encontrar otras que marcasen un nuevo rumbo.

Con bastante tiempo sin apenas ocupación, mano sobre mano, pensó buscar en Internet y escuchar las voces de genios y sabios que desde los clásicos griegos habían venido sentenciando sobre como tener una buena vida.

Quiso el azar, su afición al futbol o su mala pericia para bucear en la red, que la primera cosa que le llamó la atención fuera un dicho de Louis van Gaal, al que tenía por genio: Lo importante es que sepas quién eres y qué quieres. Deberías ser capaz de hacer introspección y evaluarte a ti mismo.

No se parecía mucho a sus aprendizajes, pero tuvo claro que siendo de van Gaal allí había algo muy gordo. Cayó en la cuenta que durante más de cuarenta años había sabido lo que quería: ser alguien. Aunque poco se había ocupado de saber quién era, ni de donde había que mirar para averiguarlo. Reflexionaba sobre esto echo un lio, pues para qué podría servir ser alguien si no sabías quien era ese alguien. Le gusto el juego y empezó a buscar donde mirar para encontrar el hilo de su viaje.

Internet le puso delante una de Carl Jung, que no tenía idea quien podía ser pero que le pareció que de alguna manera le daba la razón a van Gaal: Quien mira afuera, sueña; quien mira adentro, se despierta. A estos dos sabios se les unía enseguida la voz de un grande entre los clásicos, nada menos que Plotino, el filósofo de la simplicidad en la mirada: Retírate a ti mismo y mira.

Prudencio veía que, aunque fuera a tientas, estaba navegando entre sentencias que le animaban, que le creaban una química nueva en su cuerpo, una que traía de la mano cierto entusiasmo para seguir averiguando. Comprendió que emprendía un viaje de exploración que dejaba en segundo plano el archivo ministerial. Exploraba para el cambio de su yo.

Comprendió al instante las palabras del poeta Rilke, con el que también tropezó, que al parecer era de los poetas más grandes según la Wikipedia: El único viaje es al interior

Entendía y perdonaba a su padre, que siempre actuó de buena fe, aunque con bastante ignorancia. Un buen hombre que nunca sospechó que al soltar sus sentencias no decía, sino que era dicho, como le ocurre a la mayoría de humanos sin pensamiento propio.  

Buscó sobre ignorancia y vida y se apuntó dos buenas: Machado diciendo: Todo lo que se ignora, se desprecia y otra de uno que le pareció francés, por el apellido: La Rochefoucauld, que decía: Tres clases de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse.

Comprendió lo que decía el francés al pensar en lo que había creído saber sobre qué era el éxito y el fracaso en sus primeros 40 años y lo equivocado que ahora le parecía.

Además de los ratos perdidos en el ministerio, el fin de semana empleaba las tardes en darle caña al teclado en busca de la sabiduría que necesitaba. Ese día se le fue la medida y dejaba Internet a las dos de la madrugada, exhausto pero satisfecho.

Durmió a pierna suelta y soñó. En uno de esos extraños cambios de plano que traen los sueños, se le apareció una frase con letras grandes, luminosas y doradas, sin poder saber de quién sería, quizá por estar en el sueño: ¡¡NO SUEÑES TU VIDA, VIVE TU SUEÑO!!