En cualquier serie finita de actos reiterados siempre hay uno al que se da el título de último. Este título puede ser el mejor o el peor que se otorgue, según de qué se trate y quien valore el acto.
Jaime fue el último de una serie de seis hijos y eso no impidió que fuera el primero para su madre. Es curioso este fenómeno al observar que hay mucha gente que quiere ser el primero y muy poca que prefiera ser el último.
Dejemos estas disquisiciones peregrinas y vayamos al grano, que es lo que nos ha traído a escribir este último relato del segundo y último curso de Escritura Creativa, pues del primer curso mejor no decir mucho y así no pecamos.
Al margen de la consideración de su madre por Jaime, aunque no fuese cosa menor para él, lo que realmente le interesó siempre fue el encaje que vivió en relación con sus hermanos. Por lo que escuchaba y observaba, entre sus hermanos estaban muy repartidos los marrones, las virtudes, los defectos y las gracias. Tanto como en él mismo.
Esto ya le ponía en alerta sobre lo acertado que podía estar decir que él era el último o el primero. Siempre se preguntaba qué sentido tenía la clasificación y en que se basaba en cada caso. En realidad, pensaba que era algo muy arbitrario, aunque también pensaba que igual de arbitrario hubiera sido que dijeran que era el tercero o el quinto.
Estaba muy interesado en esta cuestión de los números ordinales, pues entendía que creaban demasiados problemas a algunos y demasiadas ventajas a otros. Hablando con sus amigos siempre les tiraba de la lengua sobre su vivencia al ser el primero, tercero o último de sus hermanos. Luego tomaba notas de lo que le contaban y según avanzaba en su indagación fue viendo como los que tenían peores experiencias, mayores problemas por su ubicación en el grupo familiar, podían estar indistintamente en cualquier número del orden familiar.
Pudo comprobar cómo alguien que fue el primero tuvo una historia muy dura, por el continuo conflicto con su padre. Otros que habían sido los últimos y siempre se habían sentido relegados, como menos tenidos en cuenta y también conoció a los que por estar en medio de los hermanos mayores y menores habían tenido sufrimiento por tener que estar continuamente haciéndose notar para que se les viera; siendo más graciosos o más trastos, estudiando más, sin terminar de quitarse de encima esa percepción de ser poco atendidos o valorados
En definitiva, vidas sufridas, a veces rotas o vividas en un continuo sobreesfuerzo. Y entre los que conoció contentos y afortunados también los había en primeros puestos, en los últimos y en los del medio.
En concreto, en su caso, el que su madre lo adorase fue una ventaja mientras le faltaba la conciencia de qué suponía eso para sus otros hermanos, lo que dejó de ser todo ventajas según llegó a la adolescencia y aún peor en su juventud. Entrando en la edad adulta comprendió que fue un gran inconveniente para sus relaciones fraternales y fuente permanente de sufrimiento.
Sus estudios de filología lo hicieron cada vez más consciente de la importancia del lenguaje, las emociones que impregnan cuanto se dice y de cómo en el entrelazamiento del hablar y el emocionar surgen las conversaciones características de cada comunidad de hablantes. De cómo la red de conversaciones de esas comunidades genera culturas y, al fin, como esas culturas moldean o influyen, incluso a veces determinan, lo que se habla en esas comunidades y el sentido que cada decir tiene para sus integrantes, con lo que ello termina influyendo en el grado de bienestar de las distintas culturas existentes.
El descubrimiento de Maturana le ayudó a integrar cuanto sabía del lenguaje y su función social. Entendió que, como microcosmo social, cada familia es en definitiva una microcultura en donde las palabras que se emplean en el conversar familiar pueden hacer mucho bien y también mucho daño.
Otro acontecimiento del que obtendría grandes beneficios vino de la mano de una amiga antropóloga, sabedora de sus sufrimientos con los números ordinales y de su búsqueda de comprender por qué aquellos procuraban tantos males o beneficios a unos y otros. Le contó de la existencia de una tribu brasileña milenaria sin apenas contacto con la civilización. Con la que consiguió convivir el gran filólogo Everett durante veinticinco años.
Le habló de la tribu de los Piraha, conocida por su cultura y su idioma proveedores de felicidad. Tribu con gentes siempre sonrientes, cada cual guiando su propia vida sin necesidad de líderes que les pastoreen. Gentes sin preocupación por el pasado o por el futuro, pues para ellos el tiempo, en cuanto vivencia subjetiva, no existe, ya que su idioma no tiene tiempos verbales. Viven permanentemente en el presente, sin creencias en dioses, mitos, leyendas o esperanzas.
Su estilo de vida determina su idioma, con el que conviven en ese paraíso cultural. Un idioma con sólo ocho consonantes y tres vocales, y en el que además de no existir tiempos verbales no existen los números. Nadie es primero, cuarto o el último en su familia.
Este sólo dato, de la inexistencia de los números, fue definitivo para comprender porque había sido tan infeliz, como tantos que conocía, por el hecho de pertenecer a una cultura con un idioma donde los números son sagrados y terminan rigiendo todo: el calendario, los ritmos de vida, la economía, las comparaciones de unos con otros, y el lugar que ocupas en tu familia.
Entendió que la mayor fortuna está en entender y que él, gracias a sus conocimientos del lenguaje, a Maturana y su amiga antropóloga, lo había logrado. Por primera vez en su vida se sentía pleno y sonriente.