Juan estaba empeñado en un viaje a Almagro desde que se conocieron diez años atrás, pero había ido retrasándose y tuvo que ser Ana la que empujase para que lo organizara.
–¡Decidido! El próximo jueves hacemos ese viaje y te cuento la razón de tanto interés por mi parte
–Querrás decir el misterio, porque tal como siempre lo has hablado parece que allí se decidió el rumbo de tu vida
–El jueves salimos para llegar a comer en Puerto Lapice y por el camino ya te desvelo lo que tu llamas misterio y yo simplemente punto de bifurcación biográfico.
–¡Déjate de teorías! ¿Y qué hay de comida en ese territorio tan maravilloso y misterioso?
–Comeremos en la Venta de Don Quijote, una venta al uso por aquellos parajes que describió Cervantes y que pudiera ser en la que se armó caballero al hidalgo.
–¡Al grano Juan ¡El menú!
–En la Mancha no se dice el menú, sino el pienso. En la venta se ha tratado de recuperar el recetario cervantino, pero pensando más en turistas que en gente que sabe lo que se echa a la boca. Tomaremos pisto manchego de verdad, unas chuletillas de lechal a la brasa con pan candeal de hogaza y para postre, para bajarlo todo bien y seguir ligeros el viaje, una torta de Alcázar sobre natillas ligeras fresquitas.
–¡Que bien suena todo, me apunto!
El jueves, nada más entrar en la A5 Juan soltó lo que tenía que contar.
Recordó y contó con detalle aquel viaje en pleno julio, desde su pueblo hasta Daimiel y después a Almagro. Era temprano y el autobús resultaba aún cómodo, pero el cuerpo, con sus nueve años recién cumplidos, estaba revuelto y sentía que incluso el pantalón corto y la camiseta estaban de más. El calor y el agobio fue creciendo según avanzaban. Mi madre, Juana, que veía como me agitaba sobre aquel asiento de Skype rojo y mi cara de preocupación, trató de tranquilizarme.
–Juanillo, a ver si hay suerte y los frailes te dan plaza. Así estudiarás el bachillerato como está haciendo Jesús, el del tío Dionisio.
–¡Yo no quiero ir a ese colegio interno! Están allí todo el año y soló van al pueblo en Semana Santa y en Navidad
–Allí se lo pasan bien porque también hacen amigos y tienen una Alberca muy grande para cuando hace calor. Aprenden a nadar
–¡Yo no quiero aprender a nadar! —balbuceo casi empezando a gimotear.
–Y tienen un campo de futbol de verdad. ¡Mucho mejor que jugar en las eras empedradas del pueblo, que siempre andáis con las rodillas llenas de desollones!
–¡Pues yo quiero tener desollones y jugar con mis amigos! –puse cara de morros y me crucé de brazos, pataleando con las piernecillas colgando en aquel asiento tan alto y resbaladizo, dispuesto a no decir ni pio en adelante.
Eran las 11 cuando bajamos del autobús. Anduvimos por una calle estrecha con todas las casas muy bien encaladas, con los rodapiés de azulete, vigas de madera vistas, color marrón, y bonitas verjas forjadas en ventanas y balcones. De un tirón me solté de la mano de mi madre y me fui a la acera contraria, aunque allí ya apretara el Sol.
Al terminar la calle apareció un descampado con un montón de eras en plena trilla y al fondo, como si fuese otro mundo, se levantaba la figura del antiguo Convento de la Asunción, regentado por los dominicos, convertido en un Colegio.
El rodeo a las eras para llegar hasta el colegio se me hizo un camino eterno, lleno del polvo que levantaban aquellas inmensas parvas de cereal. Al Llegar ante el doble portón de entrada sentí la lengua pegada al paladar, el sudor empapando el cuerpo y unas ganas incontenibles de echar a correr para donde fuera.
Al tiempo que mi madre tocaba el picaporte metálico, con forma de mano cerrada, me agarraba con la otra como si intuyera lo que pasaba por mi cabeza. Aquello ya no tenía escapatoria.
Apareció un fraile regordete, sonriente, con un hábito color marrón oscuro y unos cordones dorados apretándole la panza a modo de cinturón. Tras el saludo nos indicó entrar en aquel zaguán oscuro y fresquito que comunicaba con un enorme claustro, con una fuente en el centro, rodeado de columnas que sujetaban un segundo piso también con columnas sujetando el techo y formando un pasillo continuo. En el centro del zaguán, a la derecha, apareció una enorme escalera con escalones y barandilla de piedra por la que nos llevó al primer piso y de allí hasta un despacho donde recibía el fraile con el que había que hablar.
Hablaban y hablaban sin parar, aunque yo no podía atender a lo que decían porque todo el tiempo estaba pensando, aterrado, qué iba a hacer cuando estuviera todos los días allí encerrado, sin salir a la calle, sin ir a jugar a la plaza.
Por algún motivo escuché al fraile decirle a mi madre como se hacían los diez pagos mensuales del curso, como mi madre le preguntaba por las medias becas que concedían a las familias con pocos recursos y vi como, al instante, el tono y la sonrisa del fraile cambiaba y entraba en una larga explicación de los muchos alumnos que tenían esa media beca y que ya no podían conceder más hasta que algunos fuesen terminando el bachiller y dejasen vacantes.
No entendía que quería decir con todo aquel rollo, pero me parecía que podía ser bueno para mí. Empecé a percibir que sonreía, sin saber por qué.
La vuelta al pueblo en el mismo autobús ya tenía otro color. Eran las 14 h y la gente bajaba las cortinillas de tela que había en las ventanillas donde daba el Sol, mientras otros directamente bajaban las ventanillas que se podían abrir. ¡El autobús era un horno!
Mi madre estaba seria y callada y yo no quería incomodarla, me limitaba a ir sonriendo y de vez en cuando levantar las piernas porque se me pegaban en aquel Skype de los asientos.
–¡Jodeeer!, me dejas de una pieza.
–Eso es todo el misterio. Ahora vamos a lo que interesa y te cuento el resto del programa, porque estamos llegando a Puerto Lapice.